Terminas una pieza, alguien la ve y te dice “¡qué hermosa! ¿Me haces una?”. Y segundos después llega la incomodidad, porque no sabes qué número decir. Dices poco, y sientes que regalaste tu tiempo. Dices más, y piensas que te van a decir “qué cara”.
Nos enseñaron a contar puntos, no a contar horas. A sumar hilos, pero no a sumar esfuerzo. Así terminamos cobrando solo lo visible: el ovillo, el relleno, los ojitos.
Seis capítulos y ninguno de relleno.
Yo vendí amigurumis en un cesto, en un parque de Lima. Y en ferias, los fines de semana. Después vino la primera tienda de amigurumis de Latinoamérica, en el centro comercial más exclusivo del Perú. Y después le vendía por mayor a la cadena de supermercados más grande del país.
Y en todo ese camino cobré mal un montón de veces. Regalaba mi tiempo envuelto en cintita, con una sonrisa nerviosa. ¿Sabes qué ganaba? Cansancio. Todo lo que está en este libro lo aprendí ahí, equivocándome.