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Katia Horbatiuk

Katia Horbatiuk

Fundadora de Pecosa

De Ucrania a Perú, y ahora Argentina.

Tejo desde los ocho años. Me enseñó mi tía, y desde entonces no he parado.

Años después, cuando la maternidad me sacudió la vida y me obligó a inventarme un camino nuevo, el crochet fue lo que tenía a mano. Tereza y Sara, mis hijas, fueron la excusa y también el motivo.

En 2010 abrí una página en Facebook llamada Pecosa, que no era más que mi apodo. Subía los tejidos que hacía en casa, sin imaginar nada de lo que vino después. Durante años vendí lo que hacía. Hasta que empezaron a llegar mensajes de mujeres que no querían comprar mis piezas: querían aprender a tejer conmigo. En 2017 me animé a enseñar, primero a ucranianas en Perú, después a sus amigas, y así.

Mientras tanto vendía. Amigurumis en un cesto, en un parque de Lima. Y en ferias, los fines de semana. Después vino la primera tienda de amigurumis de Latinoamérica, en el centro comercial más exclusivo del Perú. Y después le vendía por mayor a la cadena de supermercados más grande del país.

En el camino escribí dos libros y una agenda que ya lleva cuatro ediciones circulando por varios países. Di talleres presenciales, después online, y me tocó exponer en espacios del Ministerio de la Mujer, del Ministerio de Cultura y de varias municipalidades. En todos confirmé lo mismo: enseñar es tan poderoso como tejer.

Hoy somos más de 53,000 las que pasamos por acá, en países que yo ni había pisado. Yo puse las clases; ellas pusieron las ganas. Y con los años me di cuenta de que muchas no llegaron por la lana. Llegaron en medio de algo: una separación, una pérdida, noches sin dormir, una ansiedad que no se iba. El tejido les dio algo que hacer con las manos mientras la cabeza se acomodaba. Eso me lo han escrito cientos de veces y todavía no sé qué contestar.

De esas 53,000, muchas tejen por el gusto de tejer y nada más, y eso está completo así. Otras, en algún momento, quieren que además les pague algo: hoy más de 3,200 alumnas venden lo que tejen. Y ahí me metí a enseñar otra cosa, porque vi a demasiadas regalando su trabajo sin darse cuenta. El crochet puede ser tu rato tranquilo o puede ser tu oficio. Lo que no puede ser es gratis para los demás.

Nada de esto fue parte de un plan perfecto. Empecé como tantas: con ganas de crear, con dudas sobre cómo cobrar, con miedo a que lo hecho a mano no fuera valorado. Aprendí equivocándome, regalando tiempo, bajando precios por inseguridad.

Lo que más me gusta de todo esto es ver a una alumna que llegó con miedo terminar su proyecto y decir, sorprendida: “lo hice yo”.

Da igual si es el primero o el número veinte. Yo todavía me emociono cuando una lo termina y lo muestra.

+53,000
alumnas
Desde 2010
tejiendo juntas
Desde 2017
enseñando a tejer
2 libros
publicados
+8,000 ejemplares vendidos
+3,200 alumnas venden lo que tejen
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